Últimamente me pregunto cuántos okupas hay en mi vida. Desde las palomas que encontraron en el geranio un lugar donde crear el hogar de sus crías, a los insectos que construyeron su casita de barro en el cajón de la persiana. Pero los hay muchos más peligrosos. Algunos se cuelan en silencio o con gestos amables, o simplemente, los invitamos a entrar. Lobos con piel de cordero que llegan para quedarse, que nos manipulan con dulces sonrisas y minan nuestra energía. Demasiadas situaciones distorsionadas que el afecto no nos permite enfocar ni ver con claridad. Parásitos que nos colonizan el día a día secuestrando nuestra voluntad y amor propio, mientras seguimos pagando los recibos de su escasa atención y afecto.
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