7.2.11

Tomás

Se fueron poco a poco. Un día uno, a la semana siguiente otro, y así año tras año...  hemos quedado sólo tres vecinos, contaba Tomás,  en un pueblo grande…Quizás demasiado amplio,  cuando las fuerzas comienzan a flaquear,  y los pasos se tornan más torpes para recorrer las calles demasiado silenciosas. Sobran puertas cerradas y recuerdos que alimentan un presente  demasiado tranquilo. Poco de nuevo hay que contar, aquí no pasa nada, podríamos añadir.
Pero sólo hace falta acercase un poco más a El, hablarle despacio al oido, mirarle de frente a esos ojos grises que ya no ven como antes, para darse cuenta que tiene mucho que contar, si hay alguien dispuesto a escucharle… Habla de su niñez, del pan negro y las envidias, de sus días con el zurrón al hombro,  de cómo conoció a su mujer, de sus hijos, pero sobretodo de sus nietos…  Habla de algunos de sus miedos, y de lo privilegiado que se siente. No sabe cuánto cobra de pensión ni le preocupa no llevar un céntimo en el bolsillo.  El panadero va dos veces por semana: el martes y el sábado. El jueves suele ir  un furgón que lleva un poco de todo. El médico se acerca al pueblo el primer jueves de cada mes.  El cura va más de vez en cuando,  pero El ha dejado de ir a la iglesia porque no puede llegar a ella.   A las ocho de la mañana se levanta, y  las nueve se va a dormir. También en el hospital. Le gusta la comida que le dan sin sal, y las horas no se le hacen eternas.
A veces, se emociona al recordar cosas, o al poner palabras a sus sentimientos. Lo que seguramente no es consciente es de lo generoso que es cuando comparte sus recuerdos…

7/2/11 

1 comentario:

Anónimo dijo...

La sencillez de una vida vivida.
Deberíamos de hablar más con los mayores, de escucharles, de saber lo que vivieron.

fuzzy