Nacemos y descubrimos que nuestra piel es un papel fotográfico donde la vida se revela como si fuesen fotografías. Somos carretes esperando ese algo que impulsa a grabar una imagen en nuestra retina, en nuestra memoria. Todo parece girar alrededor de nosotros, y sin embargo, somos nosotros los nos movemos. El tiempo cuartea nuestros rostros y nuestras vivencias. Los tiñe en tonos sepia. Juega a esconderlos en el baúl de los recuerdos y de los olvidos.
Todos estamos hechos del mismo barro, pero no con el mismo molde. Miramos el mismo paisaje, pero no vemos lo mismo. Nuestras pupilas son niñas caprichosas que elevan ese algo común en algo extraordinario. Se dejan seducir como eternas adolescentes. Empapan su mirada en el brillo que flota en el aire. Guardan en pequeños frasquitos de cristal ese instante, ese olor, esas imágenes, esas sensaciones que recorren nuestro cuerpo...
Detrás de cada primavera viene un verano. Los años se suceden inevitablemente, como los inviernos a los otoños. A veces, conseguimos parar el tiempo. Con ojos emocionados y manos tímidas, abrimos uno de esos botecitos. La magia vuelve a inundar nuestros poros. Volvemos a acariciar con la mirada alguna de esas imágenes. Revivimos aquellos momentos que siempre serán eternos...
Detrás de cada primavera viene un verano. Los años se suceden inevitablemente, como los inviernos a los otoños. A veces, conseguimos parar el tiempo. Con ojos emocionados y manos tímidas, abrimos uno de esos botecitos. La magia vuelve a inundar nuestros poros. Volvemos a acariciar con la mirada alguna de esas imágenes. Revivimos aquellos momentos que siempre serán eternos...