Por aquel tiempo pasado en el que los verbos fueron los protagonistas, y los
comentarios de un anónimo una gran motivación para seguir escribiendo y al que no pude dar las gracias.
Nubes negras reemplazan al cielo azul de nuestra infancia. Laberintos de palabras que ya no son cuentos con finales felices, sino realidades que afloran en nuestra cotidianidad para atormentarnos con paraísos perdidos e infiernos encontrados.
Hemos ido creciendo en una sociedad que avanza por inercia, que no pregunta por miedo a escuchar algunas respuestas, que acalla la conciencia con discursos mediocres, que abandona cuando llegan las cuestas. Nos hemos amparado en el nosotros y el conformismo, en el esto también pasará y mañana será otro día, como aquel elefante prisionero por una diminuta estaca.
Repetimos que lo importante es vivir el día a día, que estamos bien, que somos afortunados como si al hacerlo nos pudiésemos autoconvencer, y amordazar a esa amargura que recorre nuestras venas.
Vivimos con la esperanza de que sea mañana ese día en el que encontremos entre los escombros de nuestra existencia, la lámpara que cambie nuestra suerte, y nos permita pedir al genio que ella habita nuestros tres deseos…