Nacemos y la vida se encarga de ir colocando en nuestra mochila existencial pequeñas piedrecillas que, a veces, nos ayudan a tener los pies en el suelo y otras, son un lastre que nos impide volar con libertad. Los fracasos, las decepciones encharcan nuestras ilusiones y hacen que nuestros pies se hundan en ese fango que dificulta nuestro avance. Es fácil hundirnos en nuestras miserias, cerrar los ojos y sentir el miedo como una segunda piel.
Nadie nos habló de la letra pequeña que todo contrato, incluso el vital, encierra. Crecimos bajo la sombra de los desasosiegos de los que nos rodearon, absorbiendo como esponjas que somos. la ansiedad que el día a día produce. Y seguimos avanzando sacudiéndonos el polvo que se posa sobre nuestros hombros en este polvoriento camino que recorremos. A veces más que andar, arrastramos los pies. Nos sentimos torpes, indecisos, trabados por los miedos y las desilusiones. Avanzar se convierte entonces, en una lucha por abrir una senda en medio de un paraje donde las malas hierbas y las zarzas han crecido a su libre albedrío. La incertidumbre es nuestra compañera de viaje. También el miedo a equivocarnos, a tropezar de nuevo, porque sabemos que en cada caída, vuelven a despertarse nuestros fantasmas y a abrirse viejas heridas.
Nos repetimos, intentando autoconvencernos, que debemos saborear la vida sin miedos, pero no podemos dejar de enviar desde nuestro inconsciente señales de precaución, cada vez que giramos una esquina o pasamos bajo una escalera. Queremos volar libres, pero seguimos unidos a ese cordón que nos une con nuestro ayer… Recelamos de ese claro que aparece en nuestro sendero, buscamos la manzana prohibida que todo paraíso encierra y nos disponemos a morderla, porque nuestras desconfianzas e inseguridades nos impiden ver más allá.
Llevamos buscando tanto tiempo ese oasis que cuando lo tenemos frente a nosotros, no podemos dejar de preguntarnos si es real o sólo un espejismo, un juego caprichoso de la vida,… como aquellas pompas de jabón con las que jugábamos siendo niños y se explotaban cuando intentábamos atraparlas... Hemos crecido y ahora tenemos miedo, a veces, hasta de ilusionarnos