Sentimos la velocidad en nuestra piel, y la adrenalina inundando nuestro cuerpo cuando nos lanzamos por primera vez por aquel tobogán. Desafiamos la gravedad cuando nos impulsábamos en el columpio intentando tocar el cielo con la punta de los pies. Entonces jugábamos a vivir, sin ser conscientes de que cada paso que dábamos, avanzábamos hacia un horizonte. Ni siquiera nos planteábamos hacia dónde íbamos.

Somos los capitanes de nuestro barco, las manos que dirigen ese timón que las circunstancias bambolean. Somos los que decidimos nuestra ruta, los que hinchamos las velas para dirigirnos a un puerto u otro. Somos los que, en un determinado momento, determinamos que es necesario replantearse el viaje, cambiar de rumbo, regresar a casa o continuar tras un sueño.
La vida es un laberinto sin salida. Sólo decidimos el recorrido, el lugar donde descansaremos cuando estemos fatigados, o la cima que nos gustaría escalar. Somos el resultado de nuestras decisiones. En cada una de ellas algo muere y algo renace…