Subimos las solapas de la cazadora. La bufanda es ese abrazo cálido e incondicional donde refugiarnos; los guantes, las manos que asían las nuestras y tiran de nosotros hacia delante.
Hay amaneceres en los que la apatía decolora el futuro, los paisajes, el día a día. Uno descubre que en lugar de caminar, arrastra los pies y, por más que rebusque en los bolsillos, las ilusiones parecen haberse caído por algún descosido. Uno vuelve a colocarse el abrigo sobre los hombros, se ajusta el cinturón y piensa: “otros días vendrán” mientras esboza una tímida sonrisa…