
Esta tarde me guiñaste un ojo a modo de despedida. Después de 365 días juntos tu tren te espera en marcha. Tú y yo sabemos que no quiero que subas a ese convoy que te conjugará en pasado, que estiro estas últimas horas a tu lado hasta que se deshilachan y se rompen.
Son tiempos de reencuentros, de turrones y peladillas, de felicitaciones de corazón y otras de compromiso e hipocresía, de balances y propósitos de enmienda.
Has sido la estrella que acompañó mi camino, el sol que iluminó mis amaneceres y el arco iris que secó mis lágrimas. Has sido mi motor y mi freno, el cuaderno en el que he escrito mis días y he dejado mis huellas aun sin quererlo. Has sido el libro que he ido leyendo, y descubriendo mundos accesibles con tan sólo girar el pomo de una puerta. Has sido mi compañero de viaje, a veces en silencio y otras en una charla incesante.
Has sido mi maestro. Me has puesto pruebas amargas para enseñarme lo afortunada que soy. Me has enseñado a mirar hacia adentro para apreciar lo de afuera.
Es época de bienvenidas a prósperos años, pero no me olvido de ti, que aun moribundo me das hasta tu último segundo.
Hoy el atardecer que me regalaste fue tu forma de decirme adiós. Tú y yo sabemos que dejaste sembrados muchos sueños e ilusiones, que sin tí y sin tus instrucciones nunca podrían haber germinado...